Capítulo XLIV – Buque «Castillo de Monterrey». Noveno Embarque

De nuevo a los cementeros, al ‘Castillo de Monterrey’. Embarqué en Alcanar y desembarqué en New Orleans (Estados Unidos), con cemento para USA y grano o petcoque para España, aunque en Lower Buchanan (Liberia), cargamos mineral de hierro.

Fue una buena estancia; nada más llegar el buque a puerto le hice el relevo al Capitán e hicimos una descarga de carbón y, luego, una carga de cemento, por lo que estuvimos en total unos quince días. Estaba María José conmigo y nos pasábamos el día en la playa, saliendo por la noche a dar una vuelta por San Carlos de la Rápita.

Lo que mejor recuerdo de esta campaña fue la huelga de tres días que hicimos en Port Cañaveral; estaba previsto que una vez se terminaran las operaciones en puerto el barco entraría en una huelga de setenta y dos horas, así que a la llegada se lo comuniqué al Consignatario y éste hizo lo propio con las autoridades.

Enseguida se presentó el ‘Sherif’ para comunicarme que no había ningún problema en relación a la huelga, pero que si el atraque se necesitaba, deberíamos sacar nosotros el barco o lo harían ellos. Como siempre, prácticos y resolutivos.

Hicimos la huelga y, como no se necesitó el muelle, estuvimos los tres días; me tocó hacer una guardia, pero el resto del día lo pasé haciendo papeles e informando de los derechos y obligaciones de cada uno.

Como las necesidades del buque tenían que estar cubiertas, tuve que informar a la tripulación que el que estaba en huelga no cobraba y perdía una serie de derechos, pero que la adhesión a la huelga era voluntaria, por lo tanto, aquellos que no estuviesen a favor de la huelga serían los que montarían las guardias, y que si no había suficientes tendría que coger a algunos más de la tripulación.

Como siempre suele ocurrir, había un listo asegurando que la huelga era obligatoria, por lo que tuve que insistir en que era voluntaria y que cada uno decidiría lo que quisiese, sin ningún tipo de coacción.

Como faltaba personal para cubrir las guardias, el resto de la tripulación necesaria se hizo por sorteo; fue una de mis mayores alegrías, ya que los dos cabecillas salieron en las bolas y tuvieron que trabajar los tres días. No tuve que ver nada en el sorteo, pero creo que fue bastante justo que salieran ellos por tratar de coaccionar a los demás.

Desde Port Cañaveral fuimos en lastre (sin carga) a Lower Buchanan (Liberia), había un cargadero de mineral de hierro y con este cargamento daban por finalizadas las operaciones pues el yacimiento se había agotado.

Conforme nos íbamos acercando a la entrada del pequeño puerto donde se cargaba el mineral, subieron a bordo el Práctico y dos más de uniforme.

Le dijeron al alumno que inmediatamente fuese el Capitán a su despacho, pues estaban esperando los oficiales del Coast Guard, les dije que esperaran, y al alumno que no se moviese de donde estaba, y que aguardase hasta que yo pudiese ir a mi despacho.

Cuando terminó la maniobra y pude bajar, les pregunté si querían ver la documentación, a lo que me respondieron que no, y que querían una caja de tabaco y otra de whisky, para cada uno.

Empezó la discusión, pero mientras estos no salieran no dejaban entrar al siguiente, que era el de Sanidad, así que tras una acalorada discusión, al final se conformaron con un cartón de tabaco y una botella de whisky, cada uno.

Enseguida entró el de Sanidad, que fue directamente a la cocina a inspeccionar la gambuza y los frigoríficos. Se metió en la cámara de la carne y empezó diciendo que había mucha carne en mal estado. La carne estaba congelada y había de todo tipo, toda ella congelada, medias vacas, patas, cerdos, corderos y mucha más suelta.

Decía que dos medias vacas estaban en mal estado y que había que desembarcarlas, por lo que empezó otra vez la discusión, al final hubo que darle una pata de una vaca, que se echó al hombro, desembarcó, la puso al lado de su coche, sacó un hacha, la hizo pedazos y se dedicó a venderla a los que se habían acercado; y eso que estaba en malas condiciones.

Después subieron los de Aduanas. Estos preguntaron que dónde estaban las bebidas y el tabaco, y se fueron directamente allí. Cogieron una caja y se dedicaron a meter cosas en ella: botellas de whisky, ginebra y cartones de tabaco; detrás estaba el Tercer Oficial, Rogelio Godoy, que iba sacando cosas que me daba a mí, y yo al cocinero que las devolvía a su sitio, así que no se llevaron muchas cosas.

Siguió Inmigración, Policía y una serie de departamentos que no había oído nombrar en mi vida, pero que todos se llevaban algo, aunque tratamos de que fuese lo mínimo posible.

Por fin pudo entrar el Consignatario y empezar la carga. Nos informó que era un lugar peligroso y que sería muy prudente que pusiésemos guardias a bordo, por lo que se encargó de esta tarea. Vinieron unos diez o doce, que estuvieron todo el tiempo a bordo donde les dábamos de comer. Aunque no tenían armas, venían con tirachinas, y utilizaban mineral de hierro como proyectiles. Lo hicieron de maravilla pues no dejaban que nadie se acercase a menos de cincuenta metros del costado del buque, so pena de ser acribillado con los tirachinas, que usaban con gran maestría.

Algo de lo que también nos advirtió el Consignatario fue que la bandera debía arriarse a las seis de la tarde, ni un minuto más ni uno menos, y tanto la española como la liberiana, ambas al mismo tiempo, pues estaban pendientes de ello para multar al barco. Se podía intuir que no tenían posibilidad de hacer más dinero, pues no había más material para exportar y se habían acabado los buques.

De vuelta a España, estuvimos hablando con el otro buque cementero cuyo Capitán era Luis Domínguez. Nos comentó éste que, mientras estaban subiendo el Río Mississipi, una vez rebasado New Orleans, con el aguaje que levantaba el buque navegando se habían soltado unas cuantas decenas de gabarras con grano, que habían estaba navegando sueltas río abajo, por lo que los remolcadores tuvieron un gran trabajo para volver a recogerlas, así como que le habían echado la culpa a él; al final no pasó nada, pues, como es lógico, la culpa fue de los gabarreros que las habían dejado mal enganchadas, pero el mal rato que pasó no se lo quita nadie.

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