Prólogo

PRÓLOGO

Alejado de cualquier atisbo de academicismo, estamos ante el relato del día a día de toda una vida dedicada al mar, elaborado con la sencillez de lo coloquial, lo que, en mi opinión, le imprime un carácter más personal de lo que cabría esperar. Se trata de un trabajo en el que el autor, Rogelio Garcés, a la sazón Capitán de la Marina Mercante Española, narra sus vivencias como marino a lo largo de las costas y los mares de todo el mundo, en una memoria sumamente interesante para los amantes del mar y la navegación.


Una vida con incógnitas y grandes sacrificios, pero al mismo tiempo cautivante, llena de anécdotas, experiencias magníficas y aprendizajes. En ellas, Garcés nos muestra cómo comprendió el porqué de todos los momentos, personas y situaciones que se le presentaron en su vida de marino.

Al leer el borrador de estas memorias, que mi buen amigo me ha adelantado a fin de que disponga de argumento para la creación del prólogo, me lo he imaginado erguido en su puesto de mando, en el puente, oteando el horizonte, como intentando vislumbrar la costa, destino de su próxima arribada.
Y me lo imaginé aguzando el oído tratando de captar las notas de la melodía surgida de las olas embistiendo sobre las amuras de proa. Y en un vano intento por percibir, deslizándose bajo la quilla, una inacabable corriente de agua.
Sabemos que la incomunicación tiene mucho que ver con el absurdo, en el sinsentido de eso que llamamos realidad. Un absurdo visto desde la fecunda herencia kafkiana, donde no es raro encontrar escenarios insospechados, y misteriosos por lo imprevisibles. Buena prueba de ello son estas memorias de un profesional del mar –o de la mar, como el autor gusta en llamar– que tienen su contrapunto en lo personal y cotidiano de un ser humano, carente de connotaciones profesionales.

Y es que todo puede ser contado, si encontramos la forma de hacerlo. Y desde muy temprano, los seres humanos, a diferencia de los animales, aprendimos a contar. De ahí la frase hecha “Vivir para contarlo”, con su variación, empleada por Gabriel García Márquez en sus memorias: “Vivir para contarla”. Se cuenta para algo, pues la narración no admite disgresiones, es un mecanismo de relojería en el que cada palabra es imprescindible. No pueden faltar ni sobrar.

A menudo me ocurre que, con la mente, convierto mis sueños en relatos. Es una de las experiencias literarias más complejas y difíciles, pero también de las más gratificantes. Es una forma de exorcismo: en los sueños hay una serie de símbolos y una moral, que a veces se trata de desvelar con la palabra.
Sin la menor duda, Rogelio Garcés ha sido un  soñador de su propia vida hasta que, a modo de liberación y para goce de sus lectores, se ha atrevido a dar forma inteligible a sus sueños transformándolos en palabras. Sueños en los que, a menudo, su esposa, María José, y sus hijos, Pablo y Jorge, adquieren un relevante protagonismo.
Les sugiero que no se pierdan ni un solo párrafo  de este trabajo que si –insisto– desajustado a cualquier tipo de régimen académico, es, sin embargo, entrañable desde el más absoluto punto de vista humano.
Estoy seguro de que disfrutarán con su lectura.

Carlos F. Huelin
Periodista

 

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