Capítulo XXXVI – Buque «Castillo de Javier» – Cuarto Embarque

CAPÍTULO XXXVI – BUQUE  “CASTILLO DE JAVIER” CUARTO EMBARQUE

Esta vez me mandaron al “Castillo de Javier”, embarcando en Tarragona y desembarcando en Barcelona. Como siempre, los viajes repetidos con una descarga en Puerto Haina (Santo Domingo).

Embarqué en Port Everglades haciéndole el relevo a Luis Domínguez, y a la llegada me enteré que el Primer Oficial, Antonio Molinero, había tenido un accidente y tenía fracturados unos dedos de la mano.

Una vez llegué a bordo, en cuanto pudimos nos acercamos a verle porque estaba en el hospital, nada más vernos empezó a decir que se quería marchar y que no se quedaba ni un minuto más. Le preguntamos que si es que estaba mal o le pasaba algo, nos dijo que no, pero que no le gustaba que la enfermara, “king size”, que por la mañana lo cogía bajo el brazo como si fuera un niño chico, lo ponía en pelota y lo metía en la ducha dándole con la esponja y jabón por todas las partes del cuerpo.

Estuvo un día más y se fue con Luis, en el mismo vuelo, para España. Yo no dejé de recomendarle que pensase mucho en el viaje y con quién lo hacía, como es lógico en broma, tomándole el pelo.

Cuando Luis y yo fuimos con el consignatario, Philemon, a recogerle al hospital, volví a insistir en lo del viaje, y nada más subirnos a coche se pinchó una rueda.  Cuando recogieron el equipaje a bordo y se subieron en el coche para ir al aeropuerto, nada más arrancar se le fue la junta de culata y el coche se paró; después de estos dos sucesos, si llego a insistir un poco más no vuela con Luis y lo deja para otro día.

Una vez terminamos la descarga en Florida, salimos para Puerto Haina, llegando allí recién anochecido. Cuando embarcó el Práctico, éste dio un rumbo y nos dirigimos hacia la bocana; después de unos minutos le dije que el rumbo que teníamos nos llevaba sobre el espigón de babor, a lo que me dijo que no distinguía nada, así que mande virar y dejar la maniobra de entrada para hacerla con luz diurna, diciéndome que le parecía muy bien.

Al día siguiente hicimos la entrada. Durante toda la maniobra, el Práctico no dejó de repetirme que a sus hijos le gustaba el jamón, pero el jamón de España, así que no tuve más remedio que regalarle un buen trozo del que teníamos a bordo, con el que se marchó más contento que unas castañuelas.

Una vez estuvimos atracados, y pasada toda la documentación y autoridades, vino a bordo el jefe de la planta de cemento, con el que acordamos hacer la descarga con una sola línea; cuando le pregunté si necesitaba algo me llamó mucho la atención que me pidiera leche, me interesé por el motivo y me respondió que tenía un niño pequeñito y que no encontraba leche en Santo Domingo para alimentarlo.

Como sabíamos que las estachas viejas eran cotizadas en este puerto, solíamos guardarlas para después cambiarlas por ron y langostas, con lo cual disfrutábamos de unas mariscados de órdago y cubalibres de buen ron.

Cuando llevábamos más de la mitad de la descarga hecha nos avisaron que bajáramos la presión porque estaba a punto de volar el techo del silo, ya que éste era de hojalata. Cuando lo observamos vimos unos escapes de cemento por el techo, debido a la presión con la que descargábamos.

La noche del primer día de estar atracados se presentó el Consignatario para decirme que al día siguiente me fuera del barco muy temprano porque vendrían las autoridades a primera hora para que dejáramos el atraque, y si no estaba a bordo no pasaría nada, el motivo era que se esperaba un buque con combustible y que era necesario, ya que si no descargaba se tendrían que parar muchas de las instalaciones porque los tanque de tierra se habían quedado secos.

El Jefe de Máquinas y yo estuvimos buscando una solución, decidiendo finalmente desmontar una pequeña bobina eléctrica del mando de la hélice desde el puente, y el Electricista se puso a bobinarla, ya que sin ella no teníamos forma de mover la hélice y por lo tanto estábamos sin motor.

Habíamos previsto que la terminación del bobinado y secado del mismo fuese para el momento en que hubiésemos terminado la descarga.

Cuando se presentaron nos comunicaron todo lo anterior y les dije que era imposible porque estábamos sin máquina y trabajando a destajo para dejarla lista lo antes posible.

Me dijeron que no importaba, pues con lo remolcadores del puerto se hacía. Esta alternativa habría servido si el buque hubiese tenido máquina, así que después de mucho discutir, y en vista de que seguían insistiendo, les informé que me iba a dirigir al Consulado de España, pues era una temeridad salir del puerto en esas condiciones.

Al final, en vista de mi posición, comenzaron a ceder y a preguntarme que cuánto tardaríamos en tener el buque en condiciones, a lo que, después de mucho teatro con el Jefe de Máquinas y el Electricista, les respondí dándoles una hora aproximada; hicieron sus cálculos y comentaron que me daban hasta ese momento pero ni una hora más.

Como es de suponer, a esa hora estaba la descarga terminada, la bobina en su sitio y listos para desatracar.

Desde allí salimos para New Orleans, esta vez para cargar grano, y una vez estuvimos en el Fondeadero de las Nueve Millas, pasamos el cálculo de grano con el Coast Guard; un poco más tarde se presentaron los inspectores del U.S.D.A. (Agricultura), se dirigieron a mi camarote y, antes de inspeccionar las bodegas, me dijeron que todas estaban rechazadas y que volverían por la tarde, que querían una caja de whisky Jhonny Walker negro, como ellos (etiqueta negra), y una caja de tabaco.

Como no me gustó nada, ya que anteriormente nada parecido me había ocurrido, decidí que debía ir al Consignatario para comunicarlo, por lo que llamé al puente para que me pidieran una lancha con la que ir a tierra e informarles de lo anterior.

Cuando terminé de vestirme me llamaron del puente avisándome de que había llegado una lancha y habían embarcado dos personas. Una vez en mi despacho se identificaron como personal de F.B.I. y me preguntaron si había tenido algún problema con los inspectores del U.S.D.A., les comenté lo anterior y que me disponía a ir a tierra para informar al consignatario.

Me indicaron que me abstuviese de hacerlo y que ellos estarían a bordo cuando regresasen los inspectores. Nada más embarcar les pusieron las esposas y se los llevaron a tierra, viniendo al rato otros inspectores para la revisión de las bodegas.

Una vez cargados salimos para España. Cuando estábamos llegando a la salida del río, esto es, al South West Pass, el barco que teníamos delante tocó fondo y se quedó embarrancado justo a la salida, así que el práctico me dijo que era preferible intentar salir antes de que el Coast Guard cortara el tráfico hasta que sacasen el barco del sitio de embarrancada, y que tal como estaba no tendríamos ningún problema; le dije, por tanto, que continuara, así que pudimos salir no demorando nada el viaje.

Habíamos cargado petcoque para Huelva y Valencia, pero por necesidades de los cargadores fuimos primero a Valencia y luego a Huelva.

Llegamos a Valencia el quince de diciembre, y allí estuvimos hasta el día veintisiete, pasando la Nochebuena en puerto. El barco se llenó de familiares, por lo que todos los días hubo que preparar comida para más de cincuenta personas.

Salimos para Huelva y nos indicaron que teníamos que llegar antes del treinta, y en la primera marea, ya que de no ser así tendríamos que quedar fondeados hasta los primeros días de enero.

Como es lógico se dio toda la máquina posible y pudimos entrar antes sin  tener que fondear. Pasamos allí la noche de Fin de Año, también con gran cantidad de familiares a bordo.

Después de realizar la descarga en Huelva salimos para Valencia, para cargar cemento, pero estuvimos fondeados unos días limpiando las bodegas.

Creo que fue la estancia más larga en España, y encima nos coincidieron todas las fiestas pues hasta el día de Reyes lo pasamos en Valencia.

Voy ahora a poner la carta con los menús que hicimos a bordo para las cenas de Nochebuena y de Fin de Año; no es que fuesen lo mejor del mundo, pero no estuvieron nada mal.

Carta del menú de Navidad, día que pasamos en Valencia.

Este fue el menú de Nochevieja, día que pasamos en Huelva.

Una de las veces que salí a cenar con mi mujer en Valencia, cogimos un taxi, y el taxista, muy locuaz, no dejó de charlar durante todo el trayecto. Al final, la conversación llegó a la cantidad de “mariquitas” que había en Valencia. Cuando vimos pasar a dos chicas guapísimas por la acera, se volvió a nosotros y, con grandes gestos, nos dijo: “cómo se puede ser mariquita con herramientas como éstas”.

Estuvimos riéndonos un buen rato hasta que, cuando no pudo más, nos dijo que “cómo era posible que en El Corte Inglés no hubiese más que dependientes mariquitas”, aseguró que cuando iba a comprar algo, “de cada diez dependientes quince eran gays”.

La carga en Usa la hicimos en Mobile, Alabama, y me llamó mucho la atención que el Agente de New Orleans nos dijera que ellos no irían a esa ciudad y que nombrarían a un consignatario local, ya que tenía que ir Thomas Derrick, uno de los empleados y se había negado, pues era negro.

Cuando llegamos, aún no podíamos entender por qué no quería desplazarse, pero enseguida pudimos darnos cuenta del problema que aún existía en Alabama.

Lo primero que vimos en televisión y en la calle, fue las manifestaciones del KuKuxKlan, aunque ahora iban a cara descubierta y sin que nadie les dijera nada.

Cuando volvimos a bordo, y mientras estábamos viendo la tele, nos dimos cuenta del motivo de la manifestación: se estaba celebrando un juicio contra un chico, que no debía ser mayor de veinticinco años, que había matado a tres negros. En el momento de manifestarse comentaba que no sabía por qué se le juzgaba ya que sólo había matado a tres negros. Le habría parecido bien que le pusiesen una multa, como si hubiese matado a tres perros, pero más de allá de eso no lo entendía.

Uno de los días que salí con el primer maquinista, Javier Allende, al regreso al barco cogimos un autobús en el que sólo iban negros que parecían no mirarnos con muy buena cara, y cuando Javier le hizo una carantoña a un niñito que iba en brazos de su madre, éste se puso a llorar.

Creo que era el Estado donde se mantenía el racismo más significativo de todo Estados Unidos.

Durante la estancia en este puerto me robaron la cartera, aunque me apareció durante el viaje de vuelta a los pies de la cama, aunque sin los dólares; menos mal que me devolvieron toda la documentación y no tuve que hacerla de nuevo; debió de traerla una ‘gaviota’, o más bien un ‘Paloma’, que era el mote de uno de los embarcados.

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