Capítulo XII – Buque «Antonio Lazaro»

CAPÍTULO XII – BUQUE – “ANTONIO LAZAR0”

Embarqué de Tercer Oficial el día 28 de Julio de 1970, en Almería. Navegábamos de día y de noche haciendo una semana la línea Almería-Melilla-Almería, y la siguiente semana Málaga-Melilla-Málaga.

Cada dos semanas teníamos un día libre, y por no cobrar los días festivos acumulábamos para las vacaciones. El día de descanso, si estaba un rato sin nadie alrededor, dormía, pues hacía la guardia de 00 a 04 y de 12 a 16, pero entre las guardias, maniobras, comidas, etc. dormía unas 5 horas al día, y partidas.

Una noche, en la maniobra de salida de Melilla, el remolcador, que tenía poca maniobrabilidad, metió la estacha en la hélice de estribor y quedó cogida. Había gran cantidad de medusas, por lo que le dije al Capitán, Antonio Sentí, que yo podía echarme al agua y tratar de sacar la estacha, pero que tendría que hacerlo con el traje de goma para que no me picaran las medusas.

Con el traje puesto estuve buceando y con un cuchillo corté varias veces la estacha hasta que la hélice quedó libre y pudimos zarpar hacia Málaga. Tuve unas pequeñas picaduras de las medusas en las partes libres que me dejaba el traje, aunque de poca importancia.

Al día siguiente, el Capitán me dijo que escribiera una carta detallando lo que había hecho para dirigirla a la empresa; ésta es la fecha en la que todavía estoy esperando noticias de ella.

En un viaje de Melilla a Málaga, a la llegada no permitieron salir a ningún pasajero porque decían que se había declarado un brote de cólera en Melilla, así que retuvieron al pasaje durante unas horas, con el consiguiente disgusto, sobre todo por nuestra parte, pues era domingo y yo lo aprovechaba para dormir, ya que no podía hacerlo otros días.

En un momento determinado se presentó una familia comunicándonos que les habían robado ropa del coche, que se encontraba en el garaje del buque. Los inspectores de policía a bordo, Pedro, de Almería, y José Luis Asúnsolo, de Madrid, les dijeron que esperaran a que permitieran salir a los pasajeros para situarse con ellos en las dos salidas, y así, cuando vieran a alguien con su ropa, lo detendrían.

Al rato volvieron a presentarse en la cafetería, donde estábamos esperando la resolución de este hecho, y les dijeron que habían visto a un moro con su ropa. Fueron a por él y lo trajeron a la cafetería; allí mismo se dispuso a interrogarlo José Luis, bastante más joven que Pedro. Aunque poco después, Pedro le pidió que se lo dejara a él, así que se volvió hacia el detenido, le soltó una galleta que le hizo caer al suelo, desde donde decía que había dos más; supongo que para que no fueran todas las galletas solamente para él.

Se trataba de polizones, así que tuvimos que estar de papeleo toda la mañana, con lo que nos fastidiaron el descanso.

Ese verano lo pasé en Málaga, donde María José veraneaba con sus padres. Allí nos veíamos algunas mañanas y los fines de semana, pero no sé por qué motivo volvieron pronto a Melilla, donde sólo pudimos vernos un rato por las noches.

Como en Málaga bajaba todas las mañanas con el pasaje para ver a María José, un día, los de la brigadilla de la Guardia Civil me pidieron que pasara a un cuarto para cachearme; una vez lo hicieron les pregunté que a qué se debía eso y me dijeron que “porque viajaba todos los días en el barco”. Tuve que explicarles que era el Tercer Oficial y que bajaba a ver a mi novia. Desde ese día no volvieron a molestarme.

En una ocasión saltó la alarma contra incendios en una de las plantas de camarotes; nuestra sorpresa fue mayúscula cuando comprobamos que una familia de moros había hecho fuego en el suelo del camarote para hacer te.

El 30 de Septiembre tuve que desembarcar por enfermedad, pues durante la guardia de la noche tuve un fuerte dolor en la parte derecha de la ingle.

Aunque en Málaga me dijeron que podía ser un ataque de apendicitis, a la vuelta a Melilla, mientras me duchaba observé que tenía un bulto, con lo que quedó claro que lo que tenía era una hernia.

Algunos días después me operaron, permaneciendo de baja médica hasta mediados de Noviembre. Antes de operarme pasé unos días esperando para que hubiese cama en el hospital, pues aunque me correspondía sala de segunda no tenía ninguna intención de hacerlo así, ya que pensaba estar los días de hospital en una sala de primera.

Mi suegro, por aquellos entonces Delegado el Instituto Social de la Marina, me dijo que no tenía derecho a ello y que no me pagarían la diferencia.

Una vez salí del hospital conseguí, gracias a amigos que tenía en la oficina, que me dieran un certificado en el que se hacía constar que cuando ingresé solamente había esa habitación disponible, por lo que no tuvo más remedio que autorizar el pago de la diferencia, muy a pesar suyo.

Estuve una semana ingresado, y cuando me dieron el alta yo había dicho que saldría por mi propio pie sin necesitar silla de ruedas; aunque lo conseguí, a la salida, cuando llegué al coche, me arrepentí de haber hecho el comentario.

Tras recibir el alta médica me ordenaron embarcar en Barcelona.

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