Capítulo XL – Buque «Castillo de Javier» – Sexto Embarque

Otra vez me mandaron al ‘Castillo de Javier. Embarqué en Gijón y desembarqué en La Coruña, como siempre, con cemento para USA y grano para España.

De estos últimos embarques no tengo muchas fotos pues con lo repetitivos de los viajes se iban haciendo una rutina, aunque lo que sí hubo fueron anécdotas como los que ahora relato.

Solíamos comprar algunas cosas para comer y salirnos de la rutina diaria, en este caso habíamos comprado, entre otras cosas, aguacates, y Juan Verd, que iba de Primer Oficial, me comentó que nunca había probado los aguacates, por lo que le dije que en el momento que los utilizara le daría para que los probase.

Una de las tardes que decidí hacerlo, le mandé con el Contramaestre, que había venido a comentarme algo, un aguacate que estaba totalmente verde y, como estaba de guardia, se lo subió al puente. Al poco, Juan Verd bajó diciendo que no le había gustado, lo había pelado y le había dado un bocado que había dejado marcadas las huellas de los dientes en el hueso, como es lógico, Bernardo, el contramaestre, venía muerto de risa.

Hablando de Bernardo, un malagueño bajito, con un medio puro perenne en la comisura de los labios: en uno de los viajes que había hecho a Venezuela a cargar crudo, había comprado un loro para llevarlo a casa, como no paraba de chillar y silbar por las noches, antes de acostarse le metía la cabeza en un vaso con whisky, consiguiendo así que el loro durmiese de un tirón sin darle la lata.

A la llegada a New Orleans pasamos las bodegas sin novedad, la verdad es que estaban en unas condiciones excelentes, bien limpias y secas. Cuando nos mandaron seguir hacia el cargadero, lo hicimos con la seguridad de que las bodegas estaban en condiciones de recibir el grano.

Llegamos al atraque sobre las once de la noche, y cuando abrimos las bodegas se apreciaba en el fondo una película de agua, por lo que pensamos que se habría hecho alguna maniobra mal en la máquina y se metió agua en ellas, pues las cinco estaban en las mismas condiciones.

Esto ya me pareció raro, así que bajé a una para reconocerla; pude comprobar que el agua venía de la condensación que se origina en los tanques laterales, que estaban muy fríos, pues el agua del río venía a unos cinco o seis grados y la temperatura ambiente era mucha más alta.

Enseguida mandé achicar los tanques laterales, con lo cual se acabó la condensación y lo único que quedaba era secar el plan de las bodegas.

Cuando nos avisaron que ya estaban secos me acerqué con el Primer Oficial, Juan Verd, y los inspectores de agricultura, USDA; con el reflejo parecía que había agua, así que le dije a Juan que bajara y chapoteara sobre las zonas que parecían tener agua, creo que no había una zona más seca que sobre la que se puso a patear. Nos dio un ataque de risa y, con ello, dieron todas las bodegas por buenas, para cargar.

No quiero que se me olvide que Juan era un verdadero desastre para el inglés. En una ocasión, después de pasar la inspección de las bodegas por el USDA, vino a mi despacho y me dijo que no había ningún problema, que habíamos pasado todas las bodegas; como yo tenía el Report de los inspectores del USDA que indicaban que habían rechazado tres bodegas, le pregunté que quién me estaba engañando, si él o los inspectores. Le pregunté que cuando los inspectores le hablaban en inglés, que solía hacer, a lo que me contestó que se encogía de hombros y se reía.

La estancia en Tarragona no fue de las mejores, pues nada más llegar, al entregarme el correo me encontré con una carta personal del Director ofreciéndome un puesto en Madrid; he de decir que tal ofrecimiento fue hecho a varios, lo que ocurría es que la carta estaba escrita hacía un año, un año sin llegar a mis manos, por lo que era lógico pensar que el puesto estaba más que dado. Pero para no ser desagradecido llamé al Director para darle las gracias por el ofrecimiento y que no pensase que era un mal educado por contestar con tanto retraso pues, como le dije, acababa de recibir la carta.

Durante la descarga tuvimos que cambiar muchas veces de bodegas porque había embarcado tanta agua con el petcoque que hacía imposible continuar; por la noche teníamos que poner las bombas portátiles y tirar agua al muelle con la esperanza de que al amanecer no se notase. Menos mal que ocurrió así y no tuvimos problemas de contaminación.

Otra mañana tuvimos que parar la descarga porque se levantó un viento muy fuerte que nos separaba del muelle, no habiendo forma de atracar el buque, por lo que me vi obligado a pedir un par de remolcadores para que nos aguantaran. Fue necesario que estuvieran un par de horas hasta que bajó la intensidad del viento.

En estos años empezaron a proliferar los cursos, que había que hacer para poder seguir navegando. Tuvimos noticias de que en Gijón se realizaban los de ‘Surpervivencia en el Mar’, y que en el último había estado Mariano Berna. Supimos que cuando le tocó saltar desde el muelle a la balsa salvavidas lo hizo el primero, y así algunos más hasta que le llegó el turno a ‘Totoroto’ (mote de un marinero gallego que debía pesar alrededor de ciento cincuenta kilos), quién cuando saltó a la balsa, ésta hizo de muelle y a todos los que estaban a bordo de ella los lanzó al agua.

Desembarqué en La Coruña, coincidiendo la llegada a este puerto con unas grandes inundaciones en Málaga. Como no había manera de contactar telefónicamente con casa, tuve que estar unos cuantos días hasta que me llegó el relevo.

Durante estos días vino a verme José Pose, que había entrado en Elcano y estaba de Director de Seguridad, o algo parecido. Había visitado a todos los capitanes y quiso la casualidad que yo fuese el último. Habíamos sido compañeros en la Escuela Náutica de La Coruña y tuvimos bastante relación mientras estudiábamos.

Fuimos a comer y recordamos las veces que habíamos paseado por las calles de los bares, y la envidia que nos daban los escaparates en los restaurantes llenos de marisco y otras exquisiteces, sin tener un duro para poder saborearlos.

Estuvimos comiendo en uno de esos restaurantes y me comentó que tenía pensado poner en función una serie de medidas, que en principio no me parecieron mal, y que sabía que iba a contar con la oposición de las personas antiguas de Elcano, pero que si era para bien, cuanto antes empezase, mejor.

Durante las estancia en España solían venir muchos familiares a pasar unos días, y en esta ocasión había venido la novia de uno de los alumnos de Máquinas.

Era una chica joven a quién, estando en el salón viendo la tele, María José le preguntó que, como el barco estaba lleno de familiares, dónde iba a dormir, yo no pude más y salté, “¡en la escalera!”.

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