Capítulo XXVII – Buque «Bahia Gaditana»

CAPÍTULO  XXVII – BUQUE “BAHIA GADITANA”

Aunque llevaba en contacto con la Empresa Nacional Elcano varios meses, al final me llamaron en Diciembre de 1980 para embarcar en el petrolero “Bahía Gaditana”.

Llegué a San Carlos de la Rápita el 28 de Diciembre, pero tuve que quedarme en tierra sin embarcar porque el buque hacía de pontón en un pozo petrolífero a una 15 millas de San Carlos de la Rápita y las condiciones del mar no permitían acceder a bordo. Embarqué de Tercer Oficial.

La misión de este buque era recibir el crudo que se bombeaba desde el pozo para luego pasarlo a otros buques que lo llevaban a las refinerías. La  foto en navegación.

Y la segunda durante una de las operaciones de transvase de crudo. Estaba amarrado a una monoboya y durante el tiempo que estuve no se realizó ninguna operación pues el pozo se había agotado y se recibía muy poco crudo.

La única misión era que no se acercara la proa a la monoboya, para ello le habían quitado la hélice original y tenía una muy pequeña por lo que se arrancaba unos diez o quince segundos, lo que era suficiente, con la única particularidad que el teléfono no funcionaba y había que ir hasta la popa para dar las instrucciones.

Cuando me presenté en el consignatario para embarcar me encontré con el Capitán saliente, Benito, y el entrante, Ramón Melón. Como no podíamos embarcar por el mal tiempo, me buscaron un hotel y decidí dejarlos solos por si tenían que hablar, pero Benito no lo consistió y estuvimos los dos días visitando amigos suyos y comiendo con ellos; era conocidísimo en San Carlos y a cada paso que dábamos no encontrábamos con algún conocido.

Se vivía de maravilla pues aparte de la guardia en el control, que al recibir muy poco crudo era muy tranquila, se podía estar viendo la televisión, y en el oficio teníamos un barril expendedor de cervezas gratis, lo que hacía más amena la guardia.

Para embarcar se utilizaba la maquinilla del centro a la que le habían acoplado un rosco con una red; pisando este rosco y cogidos a las guías se embarcaba o desembarcaba. Una de la veces que venían a embarcar y hacía algo de mal tiempo, además de que el remolcador tenía muy mala maniobra, entre el Primer Oficial, Fernando Cores, y el marinero, en vez de subirlos los bajaron y les dieron un baño que no olvidarán.

La verdad es que hacía bastante frío y el marinero que cito antes, todos los días le pedía al Segundo Oficial, Tomás, una boina, pero no había de su medida pues tenía una buena cabeza, hasta que un día rompió una por un lado y se la caló hasta las orejas; desde ese día creo que no se la quitó ni para dormir, era un cromo verlo con la boina rota y metida hasta las orejas.

Había un teléfono a bordo para comunicaciones con la Shell, por el que a partir de las nueve de la noche nos permitían llamar a casa y era bastante barata la llamada. Este marinero, una de las noches que había visto la televisión y había llovido mucho en Galicia, llamó a casa y solamente le preguntó a la mujer si había achicado la “gamela”, lo demás no le importaba.

Como digo anteriormente, hacía mucho frío, y los camarotes estaban helados, más en este tipo de barco que tenía el puente en el centro y ninguna maquinaría funcionando, por lo que una noche le dije al Jefe de Máquinas, Iríbar, que pusiese en funcionamiento la calefacción, a lo que me respondió “un chico como tú debería hacerse tres pajas”. Buena solución.

Teníamos un camarero al que llamaban “vacaburra”. Era un hombre obeso que al servir la mesa llevaba en la manga una servilleta. Con ella limpiaba los platos, los vasos y, de vez en cuando, el sudor de la frente, en cuanto le veíamos llegar ya se le decía que no limpiara el plato ni el vaso, que no hacía falta.

Por la noches se pescaban muchos calamares y entre las verduras que traían de tierra los de Shell, los calamares fritos y la cerveza, nos dábamos unas comilonas de escándalo.

Había un engrasador, Maoliño, del mismo pueblo que el Capitán Benito, que volvió a finales de Enero. Algunas noches que se tomaba una copita de más se le veía venir por la pasarela dando “cojetadas”, llamaba a la puerta del despacho de Benito y le pedía la cuenta. Benito le decía que muy bien y que a la mañana siguiente le trajera la carta, con ello se volvía a popa, se acostaba y hasta la próxima.

A principios de Febrero, que se decidió dejar la monoboya, con los remolcadores fuimos hasta las cercanías de San Carlos de la Rápita donde fondeamos. Unas horas más tarde se recibieron órdenes de la Comandancia de Marina de volver a la monoboya, pues no se concedía el permiso para dejarla, por lo que otra vez con remolcadores nos dirigimos a la posición de partida.

Como el ancla entró revirada hubo que darle la vuelta, y durante la maniobra el cabo que se utilizaba para darle la vuelta se partió y me dio en la mano izquierda, por lo que después de volver a estar amarrados me desembarcaron y tuve que ir al médico el día siguiente.

Me llevaron al hospital de Tortosa donde me dijeron que tenía tres dedos rotos, por lo que quedé internado y hasta el día siguiente no me pusieron los dedos en su sitio teniendo que estar una semana en el hospital.

Una vez me dieron de alta en el hospital volví a casa, aunque tuve que ir en tren hasta Valencia con dos maletas, lo que me costó bastante.

Mi agradecimiento a Pepe Escudier, al que conocía desde Melilla y trabajaba en la Shell, que estaba a bordo una semana sí y otra de descanso, y que en los días que estuve en Tortosa me visitó varias veces portándose de maravilla conmigo; en ese tiempo era Alcalde de La Aldea, pueblecito cercano a San Carlos.

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