Capítulo I – Hasta el año 1952

CAPÍTULO I – HASTA EL AÑO 1952

En este capítulo intento recordar mis primeros contactos con el mar, que comienzan cuando tenía unos cuatro años, hasta que tenía siete. Quizás me deje muchos recuerdos, pero estos fueron los que más me impactaron y, como es lógico, los que mejor retengo.

 

Intentaré poner fotografías que lo ilustren y no aburran tanto como mi narración, al tiempo que sirvan para entender mejor mi afición al agua.

Aquí empieza mi afición a la mar. Podría ser a la edad de cuatro años (1948). Siempre había oído hablar de la mar, barcos y marinos, pues tuve un tío abuelo que fue Capitán de la Marina Mercante y Práctico de Melilla (José Soriano), aunque no le conocí. También su hijo, Pepe Soriano Garcés, que igualmente era Capitán y, más tarde, Práctico del Canal de Suez.

Solíamos salir algunas veces a pescar, mi padre, mi hermano Paco y yo; si alguno se mareaba ese era yo, pero ello no mermó mi afición a la mar. Soy el de la izquierda, y recuerdo que la cherna pesó casi 40 kilos. La foto está hecha en el Club Marítimo de Melilla.

En verano, durante un mes mis padres solían ir a pescar a las Islas Chafarinas, tiempo que nosotros dedicábamos al baño y a la pesca con una pequeña caña, y más adelante a bucear con un pequeño fusil, gafas y aletas.

Los hermanos Artolachipi, Guillermo y Juan, Juan Romero y mi padre, fueron los pioneros de la pesca submarina. Mi padre nunca buceó pues se quedaba en el bote, así que nosotros fuimos muchas veces con ellos.

Mis padres tenían dos botes en el Club Marítimo de Melilla: el “Puyoca I”, que era algo más grande y con vela, aunque años más tarde lo cambiaron y quedó como bote normal al que le ponían el motor fueraborda, y el “Puyoca II”, más pequeño, al que también se le acoplaba el motor fueraborda que se solía utilizar cuando iban a la pesca submarina.

Mi padre fue siempre una persona muy divertida a la que le gustaban las bromas. En aquellos años, principios de los 50, todo estaba mal visto, así que decidió ponerle ese nombre a los botes; intercambiando la última sílaba con la primera se podía saber cual hubiese sido el nombre de los mismos.

De proa a popa, Luis Andrés, amigo de mis padres, mi hermano Paco, yo, y mi padre al timón. El bote es el “Puyoca II”, equipado con un motor Johnson de 5 caballos, una maravilla en aquellos tiempos. La foto fue tomada  unos de los domingos que salíamos a pescar.

Solíamos ir a la boya de mar que estaba situada aproximadamente a una milla de la entrada al puerto de Melilla, donde se solía pescar bastante, lo que hacía estas salidas de los domingos muy amenas, aunque para nosotros siempre era todo un acontecimiento. En esta boya se sacaban mejillones enormes, recuerdo que mi madre hacía una ensaladas con media docena de ellos solamente.

Este bote solían llevárselo los veranos a las Islas Chafarinas y lo utilizaban para salir de pesca. Después dejaron de llevarlo pues la familia Oses ya tenía un bote y motor fueraborda, y no era necesario.

Un día de los que salieron a la pesca submarina, en la playa de Karia Arkeman arponearon a un mero que, de tanto retorcerse dentro de la cueva, rompió la punta de arpón, por lo que no pudieron sacarlo.

Dos años más tarde, en el mismo sitio volvieron a arponearlo, y esta vez sí pudieron subirlo; alrededor del arpón, que todavía tenía clavado en la cabeza, tenía un enorme tumor.

Este arpón se conservaba en la vitrinas del Club Marítimo de Melilla donde se detallaba el hecho y las personas que habían intervenido.

En el “Puyoca I”, mi madre, Conchita, sentada con mi hermana Conchy; de pié, Bernardi y la señora, de la que no recuerdo el nombre. Años más tarde, este bote pasó a llamarse “Maite”, nombre de la ahijada de mi padre, hija de Julio Bazán y de su esposa, Toñy.

Uno de los lugares a los que más iban a la pesca submarina era a Cala Charranen. Mientras pescaban, nosotros nos divertíamos en la playa y en la enorme duna de arena que había al final de la cala: dejándonos caer desde arriba bajábamos rodando hasta el final, adonde llegábamos mareados.

En esta foto todavía se ven el palo y la vela que, como he mencionado anteriormente, años más tarde se quitaron. Cuando salían de pesca submarina se llevaba el “Puyoca II” en un camión del ejército hasta el lugar de pesca, Sammar, Cala Charranen, etc., y allí se botaba, sirviendo de asistencia a los que buceaban. El trabajo de carga y descarga del bote al camión lo hacían los soldados que venían y que estaban haciendo la ‘mili’ en Melilla.

Las fotos son de 1951 y 1952. Algo que en aquella época me preocupaba mucho era qué pasaría si de pronto desapareciera todo el agua del mar cuando estábamos en el bote.

Como se puede comprobar, fue temprana la vocación. Si de algo me arrepiento por haber sido marino es el tiempo pasado fuera de los míos, pero creo que he sido marino de vocación y he disfrutado con ello.

Las fotos en Chafarinas son del año 1953. En la anterior estamos mi madre, sentada, Alonso “Tito”, de pié, mi hermano a la derecha, mi hermana en medio, y yo. Al fondo la traiña “Currito”, de la familia Oses, en la que muchas veces he salido a pescar con ellos

Era muy normal que el mes de Agosto lo pasáramos en la Islas Chafarinas. Los primeros años vivíamos en casa de Antonio Oses, motorista de la Compañía de Mar; a la casa le llamaban el “Rancho Grande” y estaba situada frente a la Compañía de Mar. Antonio era hermano de la “Tita” y el “Tito”, vecinos nuestros en la casa de la Calle Españoleto nº 6, de Melilla. Esto también contribuyó a mi afición a la mar.

La “Tita” y Antonio eran hijos de “Currito Oses”, así como Manolo, farista de Chafarinas, y “Nené”, encargado de telégrafos.

Cuando destinaron a Antonio a Melilla, pasábamos el mes de Agosto en la casa del Faro, con Manolo, y el último año (1961) en la casa de la Comandancia Militar. Hace unos años volví a Chafarinas con el Centro de Hijos de Chafarinas y encontré que la casa de Antonio Oses había desaparecido, y que la iglesia se encontraba cerrada y a punto de caerse. Ahora solamente hay un pequeño destacamento y unos biólogos tratando de conservar algunas especies.

Ni qué decir tiene que durante este tiempo salíamos a pescar al chambel, al curricán, con palangre y submarina. Unas veces utilizábamos el bote de mi padre, y otras algunos de los medios que había en Chafarinas: la buceta de la Compañía de Mar, el “Currito” y una patera pequeñita que cuando íbamos cuatro en ella había que mantener el equilibrio muy bien pues enseguida entraba el agua y volcábamos.

Otra de las distracciones en Chafarinas era ir a cazar palomas a la Isla del Congreso por la tarde, cuando regresaban de beber agua del Río Muluya. Me situaba en la zona de llegada y con un Mauser disparaba, lo que hacía que las palomas, asustadas, rebasaran el primer pico, detrás del cual las esperaban, donde las cazaban.

Muchas mañanas nos íbamos en la patera con una sartén y agua y con lo que pescábamos nos hacíamos la comida en cualquiera de las otras islas, a veces cogíamos algún conejo que también pasaba por la sartén.

En esta foto, mi hermano y yo. Pasábamos la mayoría del tiempo en bañador; solamente por la tarde nos vestían un poco para pasear, después de estar pescando con poteras en el muelle chico, y años más tarde en el muelle grande al ir desapareciendo la pesca poco a poco.

De estos años, aunque es un recuerdo vago, guardo en la memoria las veces que mi padre dijo que no volvía a ir conmigo de viaje nunca más.

Debía tener yo seis o siete años, mi padre tuvo que hacer un viaje a Tánger, Tetuán y Ceuta, por motivos de trabajo, y me llevó con él.

Fuimos en avión a Tetuán y la primera visita fue a Ceuta. Nada más llegar a la frontera con lo que era Marruecos Español, le detuvieron y a mí me llevaron a casa de unos amigos que hacía poco habían llegado allí destinados; yo, como niño que era, y con otros niños que además conocía, no extrañé nada, así que pasé el día con ellos.

Mi padre contaba que nada más detenerle y separase de mí, fue llevado a prisión donde lo metieron en un calabozo y lo tuvieron incomunicado desde el mediodía, aproximadamente, hasta las cinco de la tarde.

Cuando abrieron la puerta del calabozo aparecieron estos amigos con una paella, entre ellos el Director de la cárcel, y le dicen a mi padre que estoy con ellos, y que esto ha sido por todas las bromas que él les había gastado.

Desde Ceuta fuimos a Tánger donde unos amigos de mi padre me regalaron  la pistola que aparece en la foto, que fue la causa de que se organizase otro lío.

La pistola era un réplica idéntica a un Colt, cuyas balas eran de fogueo, aunque cada vez que se disparaba parecía un tiro de verdad. Cuando mi padre estaba pasando la documentación, no se me ocurrió otra cosa que, en mitad de esa sala, sacar la pistola, que llevaba debajo del jersey,  y dar dos tiros.

La policía me cogió mientras detenían a mi padre; le llevó un buen rato poder demostrarles que se trataba un juguete, pero que en esos años todavía no se conocía nada parecido en España, pues lo habían traído del extranjero.

Una vez en el avión, volando para Melilla, con un buen temporal que hacía que nos moviéramos mucho, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle a mi padre que si se caía el avión donde teníamos que agarrarnos: una señora mayor, que iba a mi lado, gritó “¡cállate niño”!

Así que no era de extrañar que no quisiese llevarme más de viaje.

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