Capítulo XLIII – Buque «Castillo de Javier». Octavo Embarque

Como siempre, a los cementeros. En esta ocasión, de nuevo  al ‘Castillo de Javier’, embarcando en Tarragona y desembarcando en Houston (Estados Unidos), con cemento para USA y grano o petcoque para España.

Una vez terminada la descarga en Tarragona fuimos a cargar a Alcanar, puertecito donde se descarga carbón y se carga cemento, cerca de San Carlos de la Rápita. Era una carga tranquila para la que normalmente estábamos unos cinco días. Como tenía complicada la llegada, solían dejarnos tranquilos desde la central, pero hubo veces de presentarse cuatro inspectores, aunque eso sí, cada uno con su coche alquilado en Barcelona a pesar de que habían viajado en el mismo avión desde Madrid.

Durante la estancia en Alcanar, por las tardes, solía ir a la lonja de pescado a comprar langostinos, que son idénticos a los de la Mar Chica de Melilla, cigalas y gambas rojas, agasajándonos con unas estupendas mariscadas.

Me acuerdo de las comidas en “Casa Asmundo”, restaurante en San Carlos de la Rápita, los dos platos siguientes se los recomiendo a todos, aunque el primero es mejor comerlo sin saber qué es, “espaderñas” y el segundo el arroz “sechats”, quizás esté mal escrito, pues no se como se hace, pero pidiéndolo así no hay fallo posible.

En una ocasión llevé a comer a este lygar a un par de jefes de Elcano pero no le dije que iban a comer, ya que de haberlo sabido no creo que hubiesen probado las “espardeñas”, no pienso decir lo que es por si alguien tiene ganas de probarlas, es mucho mejor que se entere a posteriori, una vez que se han comido no te importa saber lo qué es.

Con este lugar me ocurre como con la fábrica de cerveza de La Coruña, siempre que puedo hago una visita, seguramente esta Semana Santa, me acercaré desde Valencia para comer allí.

El primer puerto de descarga fue Port Everglades, y después Port Cañaveral. Tuvimos que fondear a la llegada a este último puerto, pues había maniobras de barcos turistas, y mientras estábamos esperando, el Jefe de Máquinas y yo fuimos dando una inspección por cubierta para ver cómo estaba todo. Al pisar una de las tuberías de descarga de cemento no me di cuenta que tenía algo de agua del rocío y me resbalé lastimándome el pie izquierdo.

No le dí más importancia y seguí con la tarea. Al poco nos avisaron de que venía el Práctico para hacer la maniobra de atraque. Durante la maniobra tuve que sentarme un par de veces, pero lo soporté bien.

Cumplimos con todas las autoridades y cuando terminaron le comuniqué al Consignatario lo que me había sucedido, y que, aunque me dolía, de momento no pensaba ir al médico, pero que si no se me iba calmando le llamaría para que me viesen el pié.

Después de comer empezó a dolerme bastante, por lo que decidí que debía ir al médico, llamé y enseguida me llevaron a una clínica donde me hicieron radiografías.

Una vez el médico vio las placas me dijo que tenía una gran fisura en el escafoides, y que era necesario ponerme una escayola para inmovilizar el pié, por lo que debía desembarcar pues no debía moverme en un par de semanas.

Le dije que no era posible y que tenía que continuar a bordo, so pena de que el barco quedase parado por falta de Capitán, pues en ese momento no había ningún oficial a bordo con título de Capitán; me contestó que no podía ser y que tenía que seguir sus instrucciones, así que me levanté, cogí mi zapato y le dije al Consignatario que me llevase a otro médico.

Se llevó las manos a la cabeza y dijo algo parecido a que “los españoles estábamos todos locos”. Después de un rato de discusiones se decidió a ponerme una media escayola de fibra de vidrio para que pudiese moverme, advirtiéndome que debía hacerlo ayudándome siempre de dos muletas.

Aquí, el comentario es rápido, pero estuve en la clínica más de tres horas para tratar de convencerle de que no podía dejar el barco y que me pusiese algo para poder moverme hasta que pudiese venir mi relevo en el siguiente puerto. De haber seguido con los dolores hubiese pedido el relevo para New Orleans, aunque antes íbamos a Puerto Haina (Santo Domingo).

Aquí estoy en el puente del barco con la escayola, ‘walking cast’ como decía el médico, y las dos muletas.

En esta otra, mostrando el ‘trofeo’. Lo que no me podía imaginar era el dolor que me producían las muletas en los sobacos, así que después de cenar abandoné una de ellas, y antes de salir de Port Cañaveral hice lo mismo con la segunda. De momento podía moverme con la escayola sin que tuviese  molestias de ningún tipo.

Cuando llegamos a Puerto Haina salí a dar una vuelta por la ciudad y pasar un poco el tiempo; al segundo día, la cuña de la escayola que mantenía el pié sin movimiento, estaba rota, por lo que a la vuelta al barco decidí que ya estaba bien y me la quité.

Lo de ‘me la quité’ es un decir, pues al ser de fibra de vidrio no había modo de romper la parte que me rodeaba toda la pierna, así que en la máquina, con una máquina radial y algunos utensilios más, pudieron quitármela. No tuve ninguna  molestia, por lo que decidí no pedir el relevo.

Cuando acabamos la descarga se hizo la correspondiente inspección por todo el buque en busca de polizones, encontrándose tres que se habían escondido en los pañoles donde estaban los aparatos del aire acondicionado. El Consignatario avisó a la policía, que al poco se presentó a bordo.

El jefe de los que venían traía un cabreo morrocotudo, no sabíamos por qué, pero se le notaba nada más subir al barco. Con el primer trozo de cabo que pilló por cubierta, los amarró, no traía esposas ni nada parecido, y comenzó a darles patadas para llevárselos; le pedimos que no los tratara así, contestándonos “eso no es nada para lo que les espera”.

Cuando le llamaron estaba viendo por televisión el campeonato de los pesos pesados de boxeo, que se lo había perdido por haber tenido que venir a bordo a recogerlos, así que iba a hacer el combate él con los tres.

No he vuelto más por Puerto Haina, pero me hubiese gustado saber qué les había pasado a los tres polizones.

Salimos para New Orleans, y al día siguiente encontramos dos polizones más a bordo; inmediatamente pasé información de ello al consignatario para que, a la llegada, estuviesen preparados los de Inmigración.

Parece fácil, pero esto generó una gran cantidad de documentación que me mantuvo entretenido durante toda la travesía, con faxes de ida y vuelta.

Como a popa había dos camarotes, se habilitó uno de ellos en el que se les mantuvo encerrados. Siempre fueron bien tratados e, incluso, algunos tripulantes les dieron ropa, ya que no traían nada.

A la llegada al fondeadero de New Orleans se presentaron los Agentes de Inmigración, y cuando les sacaban del camarote, uno de ellos resbaló, haciéndose un corte en la mano del que enseguida se le atendió a bordo.

Estos Agentes, lo primero que les preguntaron era si habían sido tratados correctamente, cosa que así había sido, y después se los llevaron para tierra, no sin antes estar seguros de que el Consignatario iba a pagar los gastos de repatriación, como es lógico, a cargo del barco.

Cuando regresábamos para España contactamos con el otro barco cementero, en el que estaba Luis Domínguez de Capitán, y nos contamos nuestras anécdotas. Nos comentó que el viaje anterior había tenido un polizón, yo le dije que nosotros también habíamos tenido dos, y como le notaba un poco apagado le pregunté si le había ocurrido algo, comentándome que el suyo había intentado suicidarse.

Cuando estábamos acabando la carga en Valencia para salir para Florida, al subir un fax a la radio para que lo transmitiesen, resbalé en la escalera haciéndome daño en el pie derecho, justo en el mismo sitio que me lo había hecho en el otro pie, el viaje anterior.

Como me dolía bastante, llamé al Consignatario, Paco Pelegrí, para que me llevara a que me hicieran una radiografía y, así, saber como tenía el pié.

Me había roto el escafoides, pero ahora del pie derecho. Como quedaban un par de horas para la salida le dije a Paco que no comentase nada y que salía a navegar. Otra vez con escayola, pero sin muletas.

Durante el viaje no tuve ningún problema e, incluso, en Port Everglades estuve saliendo, pero a la llegada a Port Cañaveral me dolía mucho el pie, así que le dije al Consignatario que me llevara otra vez al médico.

Cuando el médico me vio entrar se quedó un poco perplejo pues no debían cuadrarle las cosas, se fue a sus archivos y comprobó que era el otro pie. Me hizo nuevas radiografías y pudo comprobar que tenía una separación en el hueso de casi un centímetro.

Nuevamente las discusiones, pues la carga para Port Cañaveral era muy poco y salíamos a la mañana siguiente, así que al final me puso una escayola de fibra de vidrio y salí para el siguiente puerto.

Nada mas salir comuniqué que tenía un pié escayolado y que debían mandarme el relevo. A la llegada a Houston estaba esperando y volví a casa. Viajar con la escayola es una lata, pero no tuve más remedio.

El problema se presentó nuevamente al quitarme la escayola pues no estaban preparados en España para este tipo; les costó bastante ya que las máquinas para las escayolas de yeso no funcionaban, así que tuvieron que hacerlo poco a poco, con tijeras.

Estoy seguro de que lo que voy a comentar ahora ocurrió años antes. No recuerdo exactamente en qué viaje ocurrió, pero se podría calcular pues fue a raíz del atentado que tuvo el ejército americano en el Líbano, en el que murieron bastantes soldados.

Mientras descargábamos en Tampa recibimos un fax de las Autoridades Americanas para que, durante tres días, la bandera que ondeaba en las barcos extranjeros en puertos de Estados Unidos, debería estar a media asta en señal de duelo. Así lo hicimos, y por cortesía mandé poner también la española a media asta.

En Tampa atracábamos en el muelle de un astillero, pues las tuberías de descarga del cemento iban por debajo del mismo. Digo esto para aclarar lo que sucedió debido a lo que antes he comentado sobre las banderas.

A media mañana se presentó el dueño del astillero, un señor de más de setenta años, que vino a darnos las gracias por haber colocado también nuestra bandera a media asta, como señal de duelo.

Era muy amable y nos invitó al Primer Oficial, Antonio Molinero, y a mí, a visitar el astillero. Al acabar la visita nos enseñó las oficinas y su despacho, donde nos ofreció una cerveza, que, como usualmente hacen ellos, bebimos de la botella.

No nos dio abrebotellas y, en un momento determinado, observamos cómo con la mano agarró el tapón de la cerveza, lo apretó y lo quitó, tras lo que comenzó a beber. Nos mirábamos uno al otro pensando en el ridículo que íbamos a hacer al no tener fuerza para quitar la chapa del botellín.

En uno de los apretones que le dí a la chapa noté que cedía algo, así que continué, pudiendo darme cuenta de que se podía abrir a mano. Era la primera vez que veíamos este tipo de tapón. A punto estuvimos de llevárnoslas para beberlas en el barco.

Una vez me quitaron la escayola y me dieron el alta, la empresa me mandó a hacer otro curso, el de Supervivencia en la Mar (Nivel I).

Nos mandaron a Salvatierra de Miño, en Pontevedra, y todas las mañanas nos trasladaban al campo de ejercicios, que nunca estará mejor dicho pues estaba en mitad del campo donde todo fue bien menos eso de meterse en el agua a las nueve de la mañana.

Nos daban unos trajes que llamaban térmicos, que eran parecidos a los de buceo, pero bastante más amplios. Tenían rotos por donde entraba el agua y era un suplicio meterte en la piscina con al agua tan fría, pues no había forma de calentar el cuerpo, así que cada vez que decían de ir a la piscina empezaban a salir enfermedades para no tener que mojarte, cosa que no siempre se conseguía.

Los trajes eran tamaño ‘XXXXL’, y si a la mayoría nos quedaban grandes, a Juanito Cabeza, q.e.p.d., los pies le llegaban a la altura de las rodillas, tanto que, cuando se metía en el agua, tenía que hacerlo en la zona donde no cubría mucho, pues se le llenaba de agua y lo arrastraba al fondo.

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