Capítulo XXIII – Buque «Puente Castrelos» – Tercer Embarque

CAPÍTULO XXIII – BUQUE “PUENTE CASTRELOS” TERCER EMBARQUE

El 6 de Febrero de 1978 volví a embarcar, ya como Capitán, en Las Palmas de Gran Canarias, volviendo a hacer los mismos viajes que en el periodo anterior, permaneciendo embarcado hasta el 31 de Mayo.

El mes de Mayo, de vuelta de un viaje a un puerto de Italia, en el Mar Adriático, al norte de Túnez, nos pilló un temporal muy grande, tanto de mar como de viento. El barco se vio golpeado por las olas y algunas, al ir en lastre, chocaron contra el fondo plano del casco en la parte de proa.

Entré de arribada en Málaga y reconocí el casco desde los dobles fondos, encontrando muchos remaches cizallados, pues este barco fue el primero de hierro y remachado, que se construyó en los Astilleros Paulino Freire, cuyo motor era de un submarino alemán de la Segunda Guerra Mundial.

Como ya teníamos viaje previsto desde Canarias a Galicia, fuimos a cargar, haciendo la descarga en Villagarcía de Arosa y Santa Eugenia de Riveira, desde donde fuimos a Vigo a reparar.

La foto descargando es en Villagarcía. Desde allí me vine a casa, en Málaga, y el Práctico llevó el buque a Santa Eugenia, adonde yo regresé. Se trataba de algo habitual después de varios viajes, dada la amistad que nos unía.

Quiero recordar a Pepe Muñoz Sampedro, consignatario de Santa Eugenia de Riveira, a su esposa y a sus hijas; una familia excelente. A él me unía gran amistad, por lo que sentí muchísimo su pérdida. Cuando volví en otros viajes, después de fallecer, nunca más volvió a ser lo mismo. Tras conocer él su enfermedad, creo que fui de las primeras personas a las que se lo dijo, pues siempre hubo un gran entendimiento entre nosotros. Siempre recordaré a Pepe con mucho cariño, del mismo modo que recuerdo a mis padres.

A los lugares que frecuenté con él para tomar cerveza o mosto, no podía volver, pues tenía ‘ordenado’ que no se me cobrara. Esto lo supe una noche que invité a cenar a Cayo, el Jefe de Máquinas, ya que cuando fui a pagar me contestaron que tenían orden de ‘Don Pepe’ de no cobrarme nunca.

Una de las veces había traído desde Canarias en el barco un televisor en color para el dueño de los Frigoríficos de Riveira , D. Joaquin Otero Pedrayo, Conde o Marqués de Salvora, y quedaron en venir a recogerlo por la noche, después del relevo del guardia civil del muelle; por motivos que desconozco ese hombre no se marchó, así que cuando llegaron y pretendieron sacar el televisor, éste les dijo que lo regresaran a bordo, al tiempo que le indicó al marinero de guardia que llamase al Capitán. Este marinero era Francisco (Chuco), a quién pocas veces logré entender cuando me hablaba, pues más bien tenía que deducir lo que decía; su respuesta al guardia civil fue que ‘tenía que pasar por encima de su cadáver antes de despertar al Capitán a esas horas’, y que viniese por la mañana después de las 8:00.

Después de que el Práctico llevase el buque a Riveira para ser descargado, salimos para Vigo a fin de entrar en el carro para reparar las averías. Tuve que entrar solo en el puerto de Vigo, en la dársena de Bouzas, porque los prácticos decían que tenían mucho trabajo y que, por lo tanto, tenía que esperar, con lo que perderíamos la marea. Decidí ir hasta dentro y dejar el ancla encima de la grada, y la popa cogida a una boya.

Una vez el buque en el carro y fuera del agua, se pudo comprobar el daño que el temporal había ocasionado en el casco. En la fotografía se pueden observar las planchas dobladas por el choque de las olas al golpear en la parte del casco que se había quedado al aire por efecto de la ola anterior.

Estas deformaciones hicieron cizallar los remaches que unían vagras y varengas dentro del doble fondo, de donde había sacado gran cantidad de ellos cuando entré en Málaga a reconocerlo.

La Compañía de Seguros, en principio no se lo creía, pues sus peritos decían estar convencidos de que se había tocado fondo, pero cuando vieron la pintura sin saltar y sin raspaduras, tuvieron que darme la razón.

Uno de los viajes con atunes congelados fue a Zadar (Yugoslavia), y no hubo forme de conseguir cartas náuticas, así que me tuve que apañar con el Catálogo de Cartas Náuticas y las pequeñas representaciones que venían de las diversas zonas, lo cual fue una verdadera odisea pues tuve que pasar por pasos muy estrechos y de los cuales no sabía nada del balizamiento de los mismos.

A la llegada y en vista de que no venía práctico, nos fuimos a comer, ya que el cocinero había preparado unas ventrechas de atún sancochadas con papas con mojo picón y cuando estábamos comiendo apareció en el comedor al práctico y la sorpresa fue que dijo muy contento “papas con mojo y sancocho”, “dejamos la maniobra para mas tarde y me siento a comer con Vds.”. Había estado 12 años en Las Palmas de Gran Canarias y recordaba esos años con mucho cariño.

Otra cosa que nos llamó mucho la atención fue que no venían al barco a comprar tabaco ni alcohol, los que lo hacían solamente buscaban armas.

Como en estos años el gas-oil valía igual en cualquier parte de España, yo solía repostar en Málaga y aunque no utilizaba práctico si venía la lancha y me empujaba para atracar rápido, siempre les daba pescado del que llevábamos.

En Las Palmas de Gran Canarias, había un movimiento de embarcaciones tanto mercantes como de pesca que era enorme y muchas veces después de cargar te encontrabas que tenías abarloados cuatro o cinco barcos que te impedían la maniobra y muchas prácticos se negaban a realizarla, solamente D. José era el que la hacía pero con la condición de llevarse buen pescado para la familia tan grande que tenía, lo hubiese hecho de cualquier manera pues era un gran práctico y el pescado era algo simbólico y en agradecimiento.

Desembarqué el 31 de Mayo en Vigo para poder examinarme del grupo que me faltaba para el título de Capitán, haciéndome Yayo el relevo y enrolándome, como la vez anterior, de Primer Oficial para, días después, poder presentarme al examen.

Una de las paradas en El Palo aproveché y saqué en la barquita un televisor en color Sony que fue el primero que hubo en casa.

La primera televisión en color que hubo en casa fue una Sony que traje desde Canarias, pues en la península costaban muchísimo mas caras. La saqué en el bote del pescador que me venía a recoger en la playa de El Palo.

Ya habíamos quedado y cuando pasé por Málaga me arrimé a la playa y moderé hasta que se pusieron al costado, le arriamos la televisión y la llevaron a casa.

En uno de los viajes que hicieron María José y los niños conmigo, desde el paso de estrecho de Gibraltar hasta Santa Cruz de Tenerife nos cogió un temporal que, aunque no fue muy fuerte, se notaba mucho en este barco tan pequeño.

A la llegada, sobre las cinco de la mañana, llamé a Prácticos y me dijeron que estaban muy ocupados, pero María José dio la orden de atraque, y aunque íbamos a la Dársena Pesquera entre botecitos de madera, no tuve más remedio que pedirle a los Prácticos que nos enviaran amarradores, pues íbamos a entrar directamente, sin esperarles.

Una vez hubimos atracado, María José dio una nueva orden: al hotel, pues estaba harta de barco. Como siempre he dicho, el único lugar donde he mandado ha sido cuando estaba de Capitán en un barco, y no estaba mi mujer.

Otro de los viajes que hicieron conmigo, fue a Livorno. A la llegada estaban los niños en el puente, donde Jorge estuvo hablando con el Práctico que les dijo que más tarde vendría a buscarlos para darles un paseo en la lancha.

Estando despachando a las Autoridades escuché por el VHF lo siguiente: “pilotina, pilotina, Puente Castrelos llamando a pilotina”, era mi hijo Jorge que estaba llamando a Prácticos; éstos le contestaron y al poco se los llevaron y les dieron una vuelta por el puerto, en la lancha.

Un día de Nuestra Señora del Carmen, estando atracados en Santa Eugenia de Riveira, por la mañana me dediqué a dar la paga extra a los tripulantes.

Al final sólo quedaba Chuco por cobrar y pregunté que donde estaba. Me dijeron que no quería venir porque le daba vergüenza, ya que la noche anterior había cogido una ‘trompa’ de campeonato. Debía de tener más de sesenta años, y muy cascado por los años pasados en la pesca.

Cuando al final le convencieron y vino a cobrar, no podía ni con el bolígrafo, le pregunté qué le pasaba y me dijo que había tomado unas copas a las que le habían echado unos polvos; mientras, los demás le decían que sí, pero que no eran polvos, sino coñac.

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